1.2.07

Apocalypto


He de señalar de entrada que no soporto a Mel Gibson. Si no fuese por el cariño que le tengo a la saga Mad Max que me hizo tan feliz en mi preadolescencia, y a alguna cosilla más, no sería capaz de ver nada que tuviese que ver con él. Antisemita, borrachín, misántropo... lo peor. Mi asco alcanzó su cumbre con Cuando éramos soldados, un esperpento fascista en el que la metáfora visual alcanzaba su mayor grado de perfección: mientras el soldado que interpretaba masacraba asiáticos, su mujer le esperaba sumisa en casa barriendo el suelo.... uaajjjj.
Dudaba por tanto acerca de esta película. El tema me parecía interesante, lo que había visto en televisión y en internet hacía presagiar que no sería una porquería, y al final me decidí a gastar mis dinerillos en este extraño artefacto llamado Apocalypto. No sé si me gustó o no. Así de claro. El ritmo es trepidante, está bien dirigida, no aburre pese a que su argumento es demasiado simple, las interpretaciones son correctas y es muy divertida a ratos.
Pero de nuevo, la moraleja del cuento. Gibson es un tipo ultraconservador, y en esta película trata de enseñarnos a los ciegos que lo importante es la familia, y que todo lo que está fuera de ella y de la comunidad pequeña y aislada es una fuente de horrores, perversión y muerte. El paraíso está en lo pequeño, en lo íntimo. Y no se corta un pelo a la hora de demostrarlo, pegándole patadas descomunales a la historia y de paso tratando de convencernos de que ir a pie es mejor que moverse en barco. El ingenio del artesano está por encima de cualquier técnica compleja, y los artefactos cumplen siempre una función libidinosa. Todo lo que se mueve y no está vivo sirve para matar o hacer daño. Eso por no hablar de cómo la naturaleza es la aliada del protagonista amante del terruño, pero no sólo gracias a sus grandes conocimientos sobre la selva, sino desde una perspectiva cuasi sobrenatural en la que los hombres corren más que los jaguares y un paleto cazador de tapires sabe más de estrategia militar que una decena de soldados curtidos en mil batallas... todo para, con una convicción moral similar a la de Rajoy, darnos una lección sobre cómo, ante la disyuntiva, se ha de refugiar uno en el hábitat más pequeño posible, donde el aislamiento y la ignorancia ante lo que pasa en el mundo son las claves para una vida feliz.
Para colmo, el detalle final que busca sorprendernos es realmente patético, y consigue hacer reír en vez de estremecer al personal, que supongo era lo que se pretendía. Realmente Gibson consigue que su personaje acabe pareciéndonos odioso.
Pese a todo lo dicho he de reconocer que me lo pasé realmente bien con esta película, con momentos de gran belleza plástica.
NOTA: 5
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